
¿Que puedo decir, amigo, que puedo decir, cuando la vida me ha mostrado a cada instante su fragilidad?
Se agotan las palabras de tanto decirlas en circunstancias similares y solo queda un sentimiento mudo, silencioso, pero intenso.
Amigos y vecinos de toda la vida: tu familia y mi familia icónicas y emblemáticas mucho antes que el urbanismo desenfrenado e incoherente le pusiera el sello de «anónimo» y «desagradable» a todo lo que se ve y existe.
Nuestros pueblo era un conjunto de casas y familias donde todos se conocían por sus nombres y apellidos, y nos visitábamos casi a diario para participar del ritual de la taza de café ofrecido con sabor a cortesías.
¡Ah a cuántos les ha tocado partir! Y a todos los extraño. Se han ido muchos, excelentes y buenas personas.
De todos guardo un recuerdo, un momento, una anécdota. En la mente, seno de la imaginación, extiendo mi mano para recibir de cualquiera de ellos (y señora Silvia, entre ellos usted con sus eternas sonrisas de humildad) la buena taza de café, repito, prédica a las visitas que iban y venían a su casa como en un santuario.
Daniel Scott