
Cuando finalizaba la segunda guerra mundial, el industrial alemán Oscar Schindler recibió de los trabajadores judíos de su fábrica un anillo de oro con una hermosa frase esculpida en hebreo, procedente del Talmud: «El que salva una vida salva al mundo entero».
Ya todos conocemos la historia por el libro y el famoso film de Steven Spielberg, y de como su fábrica, más que producir, salvó la vida de cientos de judíos.
Pero poco se medita sobre la frase en cuestión. La vida de una sola persona es infinita generacionalmente hablando, a futuro.
Salvar una vida es salvar y multiplicar una descendencia que puede multiplicarse hasta el infinito, teniendo impacto a largo plazo.
Y, ¿quien sabe si de esa descendencia de una sola vida salvada surgirán benefactores que con su aporte solucionarán muchos de los problemas que aquejan a la humanidad?
Cuando pienso, por ejemplo, en toda esa pérdida de vidas humanas producto de la atroz locura de la segunda guerra mundial, me horrorizo, porque de alguna manera esa guerra, o cualquiera guerra, fue y es la asesina del futuro de la humanidad.
Se liquidaron hombres y descendencia de los cuales, pongo por ejemplo, pudo salir el médico que descubriera la cura para el VIH.
En la guerra, aniquilamos al futuro y todas sus posibilidades. En tal sentido, un conflicto que concluyó hace 80 años sigue presente entre nosotros, con sus muecas perversas.
En la foto, una réplica exacta (creo en plomo) del anillo que recibió Schindler, porque el original se extravió en algún momento de la vida del célebre personaje.