
Al profesor Adolfo Rodríguez.
Mi sueño es irme a un Tacatinemo Celestial donde teníamos y tendremos una planta (un motor de tractor) que nos proveía de luz, daba vida a la pantalla en blanco y negro de la tv y mechuzos cuando la planta cesaba sus funciones a la hora exacta de las diez pm. Después todo era silencio de máquinas.
Te sentabas sobre el fino polvo llanero, y en la oscuridad, adivinabas el sonido del cielo tachonado de luceros e interpretabas con los sentidos del alma la musicalidad de lo que se escondía lleno de vida dentro de la oscuridad campirana: suspiro de lagunas, el monótono canto del croar de sapos y ranas, y el chirríante violín de los grillos. Se rendía culto al misterio del universo desde la teja y el bahareque.
¡Cuan felíz me sentí al ver a nuestro profesor Adolfo Rodríguez cosechar el fruto bendito de su huerto!
Esta no es mi época. La desprecio. No porque me sienta viejo (todavía admiro lo bello de la vida y hago el amor una y otra vez si me da la gana con mi ayuda idónea) pero odio la tecnología que en manos de una anatema humanidad perdida nos está llevando a todos a la aniquilación total y definitiva.
Nada tiene alma hoy día y lo aborrezco.