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Manifiesto a la dignidad del pueblo

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Cuando la tierra tembló, el corazón de Venezuela se hizo más grande

Hay momentos en la historia de las naciones en los que la naturaleza parece detener el tiempo y obligar a los pueblos a mirarse a sí mismos.

Son instantes en los que desaparecen las diferencias, se derrumban las apariencias y aflora lo mejor, o lo peor, de la condición humana.

El terremoto del 24 de junio de 2026 no solo estremeció la geografía venezolana; estremeció nuestras conciencias.

Sacudió edificios, caminos y ciudades, pero también reveló la inmensa fortaleza moral de un pueblo que, aun en medio del dolor, decidió levantarse para salvar vidas antes que lamentar pérdidas.

Cuando el polvo cubría las calles y el silencio era interrumpido únicamente por el clamor de quienes esperaban ser encontrados, Venezuela respondió como lo hacen los pueblos verdaderamente grandes: con solidaridad, con dignidad y con amor.

No hubo tiempo para preguntar de dónde venía cada persona, cuál era su ideología, su religión, su condición económica o su lugar de nacimiento. Bajo los escombros solo existía una realidad: había seres humanos que necesitaban ayuda.

Y hacia ellos se dirigieron miles de manos. manos de rescatistas entrenados, manos de bomberos, de médicos y enfermeras, de funcionarios de protección civil, de voluntarios, de soldados, de vecinos, de jóvenes, de adultos mayores, de universitarios, de estudiantes, de mujeres, de trabajadores, de todos

Manos de hombres y mujeres anónimos que jamás aparecerán en los titulares de los periódicos, pero cuyo ejemplo permanecerá para siempre en la memoria de quienes volvieron a nacer gracias a su entrega.

Cada vida rescatada fue una victoria de la humanidad sobre la tragedia, cada abrazo entre sobrevivientes fue una derrota para la desesperanza, cada lágrima compartida fue una prueba de que el amor sigue siendo la mayor fuerza capaz de mover al mundo.

Nuestro reconocimiento más profundo pertenece a quienes integraron los equipos nacionales e internacionales de búsqueda y rescate. Mujeres y hombres que trabajaron durante jornadas interminables, enfrentando el agotamiento físico, el riesgo permanente y la presión emocional de saber que cada minuto podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Ellos no preguntaron a quién iban a rescatar. Simplemente fueron, y esa es la expresión más elevada de la solidaridad humana.

Venezuela también agradece a las naciones, instituciones y organizaciones que acudieron con equipos especializados, tecnología, experiencia y personal altamente capacitado para apoyar las labores de salvamento. En los momentos de mayor dificultad, la cooperación entre los pueblos demuestra que la solidaridad no reconoce fronteras.

Sin embargo, toda tragedia también pone a prueba nuestra capacidad ética.

Mientras miles de personas luchaban contra el tiempo para rescatar vidas, surgieron voces que eligieron otro camino: el de la sospecha permanente, la descalificación apresurada y la confrontación en medio del dolor.

Toda sociedad necesita un periodismo libre, riguroso y comprometido con la verdad. La información responsable es un bien público indispensable, especialmente durante las emergencias, cuando puede orientar, prevenir y proteger vidas. Pero ese compromiso exige prudencia, verificación y respeto por quienes sufren y por quienes trabajan sin descanso en circunstancias extremas.

Cuando la búsqueda de impacto, que quieren imponer las grandes cadenas de radio, televisión y prensa, desplaza la búsqueda de la verdad, el riesgo es que el sufrimiento humano quede relegado a un segundo plano. En momentos de duelo colectivo, la información debería contribuir a comprender, acompañar y fortalecer la respuesta solidaria, nunca a eclipsarla.

La historia enseña que las sociedades no son recordadas únicamente por las tragedias que enfrentaron, sino por la forma en que respondieron a ellas.

Y Venezuela respondió con humanidad, con coraje, con organización, con sacrificio. Respondió con un pueblo entero convertido en una inmensa red de solidaridad.

Porque existe una verdad que ningún desastre natural podrá destruir: la grandeza de una nación no reside exclusivamente en la fortaleza de sus infraestructuras, ni en el tamaño de su economía, ni en la abundancia de sus recursos naturales.

La verdadera grandeza de un país se encuentra en el carácter de su gente, en quien comparte el último pedazo de pan con un desconocido, en quien ofrece su casa a una familia que lo ha perdido todo, en quien permanece durante horas removiendo escombros con la esperanza de escuchar un latido, en quien consuela al que llora sin preguntarle quién es.

Ese es el verdadero patrimonio de Venezuela, no el que puede contabilizarse en cifras, sino el que vive en el corazón de millones de venezolanos.

Que nadie permita que la desesperanza eclipse esta lección histórica, que nadie reduzca este episodio únicamente al número de víctimas o a la magnitud de los daños materiales.

Que el mundo recuerde también la inmensa movilización solidaria que convirtió el dolor en esperanza y la desesperación en acción, que las futuras generaciones sepan que, cuando la tierra tembló, Venezuela no se rindió.

Se levantó. Y al levantarse, extendió sus manos para levantar también a los demás. Esa es la Venezuela que merece ser conocida por el mundo.

La Venezuela que no aparece siempre en los titulares, la Venezuela de la gente sencilla, la Venezuela de los héroes anónimos, la Venezuela que transforma el sufrimiento en servicio, el miedo en valentía y la tragedia en una oportunidad para demostrar que la fraternidad sigue siendo el fundamento más sólido de toda sociedad.

Hoy honramos a quienes perdieron la vida. Abrazamos a quienes aún llevan las heridas visibles e invisibles de esta tragedia.

Agradecemos a cada rescatista, a cada profesional de la salud, a cada voluntario, a cada institución y a cada nación que hizo suya la causa de salvar vidas.

Y reafirmamos una convicción que ningún terremoto podrá derribar: Mientras exista un solo venezolano dispuesto a ofrecer su fuerza para levantar al caído, su conocimiento para proteger al vulnerable y su esperanza para iluminar la oscuridad de otro ser humano, Venezuela seguirá siendo una nación capaz de renacer una y otra vez.

Porque los pueblos verdaderamente grandes no son aquellos que nunca caen. Son aquellos que, incluso entre las ruinas, encuentran la fuerza moral para reconstruirse sin perder su humanidad.

Que esta sea la herencia de nuestro tiempo, que esta sea la lección para el mundo, y que, cuando la historia escriba las páginas dedicadas al terremoto del 24 de junio de 2026, no solo hable de la intensidad del movimiento de la tierra, sino de la extraordinaria grandeza del corazón del pueblo venezolano.

Que viva el Bravo pueblo venezolano ¡¡¡¡¡¡

Dr. José Alfredo Ureña
Prof. Titular de la UNERG
alfredoure1961@gmail.com

 

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